Era viernes. Lena había tenido reuniones con los directivos y gerentes. La jornada la había dejado exhausta, con un dolor sordo en las sienes y la garganta reseca de tanto hablar. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales, como un recordatorio de que el mundo seguía girando.
Después de revisar documentos, le pidió a su asistente que llamara a Ricardo para que se presentara en su oficina. A pesar del cansancio, debía verlo antes de que se fuera. Mientras estaba recostada en el sillón con los ojos