Los ojos de Lena, enrojecidos de ira, se clavaban en aquel hombre de mirada oscura y mandíbula tensa. Respiró hondo, negándose a derramar una sola lágrima, pero sus pupilas brillaban como cristales rotos bajo la luz. "Apareció otra mentira en mi vida", pensó con tristeza.
—¡Qué mal genio tienes, hermano! Ven, preséntate con tu hija. Ella es Alara... bueno, Lena. Se hizo pasar por muerta, ¿puedes creerlo? —La carcajada grotesca de Donato resonó en el aire—. Esa habilidad la heredó de nosotros. Se