Minutos antes, los gritos de los niños, mezclados con los graznidos de los gansos, formaban un bullicio alegre. Una niña de unos ocho años se acercó a Leía.
—¿Puedo jugar contigo? Mi mami está allí —dijo la pequeña, señalando hacia un grupo de adultos que charlaban distraídos.
Leía la miró con recelo y, luego, con timidez le ofreció un puñado de palomitas de su bolsa. La niña las tomó con dedos temblorosos, pero en lugar de comérselas, las arrojó al suelo, donde los gansos las picotearon con av