Bruno llegó a su casa después de las ocho de la noche, abrumado por lo ocurrido en la empresa Dransen. Al cruzar la puerta, una silueta menuda iluminó la penumbra. Su hija aguardaba sentada en el último escalón, con las rodillas pegadas al pecho y los ojos brillantes como dos luceros.
—Princesa —susurró Bruno, dejando caer el maletín sobre la consola—. ¿Qué hace mi tesoro aquí, solita? Ya es tarde, deberías estar acostada.
La niña se levantó de un salto, y el vestido de unicornio de dormir, ond