Donato se encontraba en su despacho con la mirada cargada de odio y resentimiento. No podía creer que Bruno, ese miserable, le hubiera robado la licitación frente a sus narices. Y lo peor era que también a la mujer estaba detrás de todo.
—¡Maldición! —masculló entre dientes, con la voz espesa de veneno—. No entiendo qué salió mal. ¿Cómo pudo ese bastardo de Bruno arrebatarme en una noche las dos cosas que eran mías?
Uno de sus hombres entró en el despacho y se acercó con paso cauteloso, como si