Antonella
Jamás quise perder a una de mis bebés. Sentí cómo mi alma se desgarraba y se iba con ella. Ahora… ahora solo quedan cenizas dentro de esa pequeña caja blanca. Su cuerpecito, que apenas logré sentir por un instante, ya no está. Lloro con amargura mientras la están bajando lentamente a la tumba. Siento que el corazón se me parte en mil pedazos, como si se abriera con cada palada de tierra. Pero no puedo rendirme. No puedo caerme. Aún tengo una pequeña que logró sobrevivir. Una pequeña que me necesita.
Y aunque me esfuerzo por ser fuerte, sé que hay un nombre, un culpable, detrás de todo esto. Aquella caída, el dolor en la cadera… era más que una simple molestia. Era una señal. Y aun así, no fui directo al hospital. Yo también tengo la culpa. Nunca imaginé que todo terminaría así. Ahora, una parte de mí está frustrada, enojada, furiosa… y sobre todo, culpable. Mi angelita murió sin conocer este mundo. Sin ver la luz, sin sentir el calor de mis abrazos.
Solo me queda luchar por