Las puertas del palacio de Vlad no solo se abrieron; resonaron con un estruendo que pareció desgarrar la estructura misma de la realidad, un eco de madera centenaria y hierro forjado que anunció, a quien quisiera oírlo, el fin de una era y el inicio de una pesadilla. Los pies descalzos de Catherine, que ahora estaban repletos de un barro negro y pegajoso —una mezcla de humus, sangre vieja y hojas que habían saboreado el aroma rancio de la muerte en el bosque—, dejaban un rastro largo, errático