Sentía el impulso imperioso, casi incontrolable, de tirar abajo las puertas de roble macizo con un solo golpe de su fuerza sobrenatural, desgarrar la garganta del humano rezagado con sus propias uñas afiladas e introducirse en el cuerpo de Catherine para reclamar el monopolio absoluto de esa sed maldita que ella le había provocado y que nunca antes, en sus siglos de existencia errante, había experimentado con ninguna otra mujer. Su respiración, aunque innecesaria para su supervivencia biológica