La agitación coreográfica de los pulmones heridos estremecía el aire confinado del sanctórum real, un espacio donde el tiempo parecía haberse congelado bajo el peso de los siglos y la heráldica de una dinastía en decadencia. Catherine sostenía debajo de ella a un espécimen humano cuyo pecho subía y bajaba en un estertor rítmico, atrapado sin salvación en el magnetismo de la carne monárquica.
Cada exhalación del hombre, cargada de una temperatura febril que delataba su mortalidad irremediable,