La cena de esa noche debería haber sido tranquila, pero tanto Isla como Gabriel cargaban con el peso de un día largo y agotador. En la mesa solo se oía el suave sonido del cuchillo de Gabriel cortando su filete. Masticaba despacio, intentando relajar la tensión de los hombros.
Frente a él, Isla ni siquiera tocaba la comida. Recorría el comedor de un lado a otro con el celular pegado a la oreja.
—Lo siento, Betsy. Esta semana estoy muy ocupada —dijo Isla en voz baja—. Pero te prometo que paso por