La luz de la mañana se derramaba con suavidad sobre la Isla Seathrone y teñía el paisaje de dorados y azules tenues. El océano estaba en calma y se extendía sin fin hacia el horizonte; su ritmo rozaba la orilla como una canción de cuna para el mundo entero. Pero dentro de la villa era otra historia.
—¡Aurelian! ¡Otra vez está llorando! —La voz de Mercy llegó desde la sala, cargada de una mezcla de agotamiento y urgencia.
—¡La tengo... no, espera... él también está llorando! —respondió Aurelian,