El tribunal se erguía como un monumento a las consecuencias: grande, imponente e implacable. Sus amplias escaleras de mármol se extendían bajo un cielo sin calidez, que solo ofrecía claridad y dejaba al descubierto la verdad más cruda. Ese día, esa verdad quedaba expuesta ante el mundo.
Autos negros flanqueaban la entrada, alineados en una exhibición de estatus. No era un juicio cualquiera. A lo lejos, la prensa se agolpaba detrás de las barreras de seguridad, con las voces apagadas pero las cám