Los dedos de Mercy se detuvieron en los finos tirantes de su vestido de verano; el corazón le latía con fuerza. La brisa del mar entraba por las cristaleras abiertas, fresca contra su piel acalorada, y traía aroma a sal y flores nocturnas. Aurelian permanecía inmóvil a unos pasos; la luz dorada de las velas y el brillo plateado de la luna sobre el agua perfilaban su alta figura. Aurelian no apartó sus ojos oscuros de los de ella. Paciente, hambriento y completamente seguro.
Ella inspiró tembloro