Autos negros y elegantes se deslizaban por la larga vía de acceso, con los motores zumbando bajo la luz del atardecer. La caravana redujo la velocidad al llegar al imponente porche cubierto de la Residencia de Gabriel e Isla. Uno tras otro, los autos estacionaron en perfecto orden y abrieron sus puertas con precisión.
Stone bajó del auto y abrió la puerta trasera. Gabriel salió y enseguida se volvió para ayudar a Isla a bajar. Su mano permaneció firme en la de ella, un gesto silencioso de protec