Cuando la puerta de la habitación se cerró tras los niños, el silencio se volvió cálido y sagrado. Luca se giró hacia Amelia, quien lo observaba con una paz que iluminaba todo el recinto. Sin decir una palabra, Luca se deslizó hacia la parte baja de la cama y se arrodilló ante el vientre de su mujer.
Depositó un beso suave, casi reverente, sobre la piel de Amelia y comenzó a susurrarle al pequeño ser que apenas era una promesa de vida, pero que ya dominaba su mundo entero