El abrazo duró un largo rato. Dos hombres, padre e hijo, sosteniéndose mutuamente en medio de las ruinas de veinte años de mentiras. Finalmente, con un suspiro tembloroso que pareció vaciarlo por completo, Emilio se apartó.
Se secó la cara, avergonzado de su propio colapso. —Lo siento... yo... —No —lo cortó Luca, su voz era firme, pero sus ojos estaban llenos de una ternura que Emilio nunca había visto—. No te disculpes. Nunca.
Luca se levantó de la cama, su mente de estratega volviendo a toma