Emilio despertó con el sabor metálico del pánico en la boca.
No estaba en el reclusorio. El olor a humedad y miedo había sido reemplazado por el aroma sutil del sándalo y el algodón egipcio. Estaba en una cama inmensa, suave, en una habitación lujosa y silenciosa, bañada por la luz anaranjada del atardecer que se filtraba por un ventanal.
Lo último que recordaba era el suelo sucio de la prisión, la risa de Noah, el rostro destrozado de Guillermo y... la confirmación. «Sí, figlio mio. Soy tu pa