Llegaron al hospital en un silencio tenso. El viaje desde el St. Regis había sido rápido, padre e hijo sentados uno al lado del otro, el vínculo forjado en la confesión y la culpa compartida era tan nuevo que se sentía frágil, casi irreal.
Cuando entraron en el ala de cuidados intensivos, el ambiente era diferente al de la mañana. No había caos, solo una calma sombría. Encontraron a Ricardo y Alessandro en la sala de espera privada, con el rostro desencajado.
—¿Memo? —fue lo primero que pregun