El silencio que siguió a la confesión de Memo fue roto por la voz firme, pero cargada de sentimiento, de Emilio. Él, que siempre había sido el estratega, el que mantenía la cabeza fría frente a los negocios en México, ahora miraba a su madre con una determinación diferente. Sus ojos no brillaban por la ambición de poder, sino por el anhelo de pertenencia.
Emilio se acercó más a la cama, tomando el otro extremo de la mano de Amelia.
—Mamá... —comenzó Emilio, con