María Teresa, con el rostro enrojecido por la furia, dio un paso al frente, apuntando un dedo tembloroso a Ricardo.
—¡¿Decencia?! ¡¿Tú vienes a hablarnos de decencia después de abandonarnos por años?! ¡Y ustedes! —espetó, girándose hacia los gemelos—. Un par de mocosos que no saben...
—De hecho —la voz de Emilio, tranquila y afilada como un bisturí, cortó el aire. El silencio que provocó fue instantáneo.
Todos se giraron para mirarlo. No era el joven de veinte años que sus tíos recordaban;