La sala de espera de la unidad de cuidados intensivos era un espacio diseñado para la angustia silenciosa, un purgatorio de tonos beige y luz artificial. La llegada de María Teresa y Arturo destrozó esa paz precaria como una pedrada en un estanque. Entraron no con la congoja de familiares preocupados, sino con la arrogancia de conquistadores reclamando un territorio.
María Teresa, envuelta en un abrigo de piel que parecía gritar su desprecio por el clima de la Ciudad de México, se plantó fren