La casa dormía, pero yo no.
El silencio del Upper East Side no era un silencio real; estaba lleno de presiones invisibles, de relojes caros marcando horas que no me pertenecían. Caminé descalza hasta la cocina, incapaz de conciliar el sueño. El mármol estaba frío bajo mis pies.
Abrí el refrigerador sin hambre, solo para ocupar las manos. Para fingir normalidad.
—No deberías andar despierta a esta hora.
La voz me recorrió la espalda como una corriente eléctrica.
Me giré de golpe.
Adrian estaba a