Dominic me sujetaba el brazo con tanta fuerza que sentía que sus dedos iban a fracturarme el hueso. Su rostro estaba a escasos centímetros del mío, completamente desfigurado por una furia ciega, destructiva y posesiva. La respiración le salía entrecortada, apestando al vino caro de la cena.
—¡¿Quién fue, Rosaura?! —me exigió a gritos, su voz resonando como un trueno que hizo temblar las paredes del comedor—. ¡Te lo voy a preguntar una maldita vez más! ¡¿Quién carajos te hizo esto?! ¡¿Con quién