Llegué a la mansión Collins corriendo a contrarreloj. El tráfico de la ciudad parecía haberse puesto de acuerdo para retrasarme, y cada minuto que pasaba dentro del taxi era una tortura de pánico puro. Tenía el tiempo justo para ducharme, vestirme y maquillarme antes de que los invitados pusieran un pie en la casa.
Subí las escaleras de la propiedad a toda prisa, esquivando a las empleadas que terminaban de pulir la cubertería de plata, y me encerré en mi baño privado. Pero en cuanto me desvestí