Después de aquel momento íntimo con Madeleine, le acaricié la mejilla con suavidad y le regalé una sonrisa cálida, buscando borrar los rastros de tristeza que aún empañaban sus ojos.
—Pequeña, tengo que ocuparme de algunos asuntos. ¿Te parece si te preparas? Quiero que almorcemos juntos para darle la bienvenida a Leo como se merece.
Ella asintió con dulzura, aunque en su mirada aún quedaban vestigios del dolor de nuestra reciente discusión.
—Está bien —dijo simplemente, y antes de separarnos, m