El viento frío golpeaba mi rostro mientras avanzábamos entre la bruma de la madrugada. A medida que nos acercábamos a la parte baja del territorio, el sonido del agua desbordada y los llantos desgarrados de mi gente comenzaron a llenar el aire.
Cuando finalmente llegamos, la escena frente a mis ojos me hizo apretar los puños con impotencia. El río, normalmente sereno y apacible, se había transformado en una bestia furiosa, devorando todo a su paso. Las pequeñas casas de los omegas, humildes per