Esa mañana me preparé para uno de los acontecimientos más importantes y trascendentales para mi vida. Había llegado el momento de reunirme con el Consejo de ancianos y revelarles mis intenciones de convertir a Madeleine en mi Luna. Sabía el revuelo que todo aquello causaría, pues, aun cuando el consejo insistía fervientemente en que encontrara una esposa, la idea de que lo hiciera con una mujer con el mismo rostro de mi antigua compañera no iba a parecerles para nada.
Nos habíamos encargado de