Madeleine estaba casi recuperada. Sus heridas habían sanado, su cuerpo se veía fuerte otra vez y su piel volvía a tener ese brillo natural. Si alguien la viera ahora, jamás imaginaría el estado en el que la encontramos aquella noche. Pero lo que más me perturbaba era su rostro. El rostro de Isabella.
Cada vez que la miraba, algo en mi interior se quebraba y, al mismo tiempo, se encendía. Era una tortura constante. Durante el día, me obligaba a mantener la compostura, a recordarme que ella no er