Enzo.
La noticia de su escape me golpea como una maldita daga.
—¡¿Cómo diablos pasó esto?! —gruño, mirando a mis hombres con furia.
Los centinelas bajan la cabeza, temblorosos.
—Ella… ella fue rápida, Alfa. Se nos escapó antes de que pudiéramos reaccionar.
Aprieto los puños, sintiendo cómo la rabia se instala en mi pecho, pero junto con ella… algo más.
Un presentimiento oscuro.
Algo no está bien.
Un impulso primitivo me oprime el pecho, como si algo dentro de mí me exigiera que la encontrara. Q