El ronco susurro de un motor se acercaba y un elegante coche se detuvo en el silencioso espacio. La puerta se abrió y Leonardo salió primero, con el abrigo pegado al cuerpo como una segunda piel. Sonrió de una forma que antes la habría tranquilizado; ahora la inquietaba.
—Hola, Emilia —dijo con voz suave como la seda—. Cuánto tiempo sin verte.
Se había preparado para todo tipo de respuestas: negaciones, mentiras, una crueldad estudiada, pero no para esa sonrisa fácil que denotaba posesión como