El dormitorio del ático parecía un mundo aparte, ajeno a la tristeza y las consecuencias.
Los rayos del sol matutino se filtraban por los ventanales, bañándolo todo con un dorado pálido. El horizonte de la ciudad brillaba a sus pies, indiferente, ajeno a todo.
Isla estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la colcha de terciopelo, con el cabello aún revuelto por el sueño y la bata de seda cubriendo holgadamente sus hombros desnudos. Revisaba su teléfono con una lenta satisfacción.
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