Mateo no esperó a que Emilia saliera del coche.
En cuanto llegaron a su mansión, corrió a su lado, abrió la puerta de un tirón y la agarró de la muñeca.
"¡Mateo, para!", gritó Emilia, pero él no la escuchaba.
Sus dedos la sujetaron del brazo como hierros, arrastrándola por el pasillo de mármol de la mansión. El personal se dispersó al instante, aterrorizado de intervenir.
"¡Mateo, me haces daño!", espetó ella, tropezando detrás de él mientras él marchaba hacia su ala privada.
Él no aflojó su ag