El almuerzo se sirvió en la tranquila terraza de un exclusivo restaurante con vistas al horizonte de la ciudad, el tipo de lugar donde se cerraban tratos con música suave y platos cuidadosamente presentados. Emilia se sentó frente a Leonardo, la luz del sol se reflejaba en el borde de su copa mientras ella, distraída, lo recorría con el dedo. La atmósfera entre ellos era densa: en parte victoria, en parte tensión, en parte algo que ninguno de los dos estaba listo para expresar en voz alta. Para