Cuando Mateo regresó, el sol ya se había ocultado tras el horizonte. Las luces del ático se encendieron una a una, bañando la habitación con una suave luz dorada. Emilia estaba de pie junto a la ventana, con el cabello recogido, la nueva línea de su mandíbula aún ligeramente hinchada. La ciudad a sus pies parecía indiferente, una extensión de luces en movimiento que jamás sabría cuánto de ella le habían arrebatado.
—Emilia ya no existe —dijo Mateo, dejando caer un pequeño sobre sobre la mesa—.