Leonardo no aminoró la marcha hasta que estuvo dentro del coche. La puerta se cerró de golpe, su pecho subía y bajaba como si acabara de escapar de algo vivo. Le temblaban las manos sobre el volante. Rabia. Miedo. Arrepentimiento. Todo enredado. El rostro de Emilia no dejaba de aparecer en su mente: la bofetada, la forma en que lo retó, la forma en que lo miró como si ya hubiera ganado.
"Maldita sea", murmuró, arrancando el motor pero sin moverse.
Por primera vez en años, Leonardo hizo algo que