Déjalos creer que han ganado.
Una sola lágrima resbaló por la mejilla de Emilia en el instante en que la puerta se cerró con un clic y sus pasos se perdieron en el zumbido fluorescente del pasillo. Sentir algo estaba mal cuando todo su ser le gritaba que se hiciera más pequeña, que se plegara a la forma pulcra y vergonzosa que habían intentado imponerle. Pero la lágrima era real, cálida contra la frialdad de la sábana que cubría su rostro.
Permaneció inmóvil, respirando con dificultad, dejando que la sábana se adhiriera al