92. Exmarido enloquecido
Medea sintió un ardor insoportable en el rostro. Con esfuerzo, fue abriendo los ojos, intentando enfocar lo que había a su alrededor. Una débil línea de sol se filtraba por la rendija de una tabla desconchada y le golpeaba directamente la mejilla. Se incorporó con un leve estremecimiento y fue entonces cuando lo notó: estaba atada a una silla.
El trance se rompió de golpe. Su respiración se agitó mientras miraba con pavor cada rincón de aquel lugar. Era una cabaña vieja, cubierta de polvo y con