81. Inválida
Kaien besó la cabeza de su esposa en cuanto ambos se desplomaron en el sofá. Los dos seguían desnudos, pero él le cubrió el cuerpo con su camisa, protegiéndola del fresco.
—Lamento la imprudencia de Mirka —murmuró, acariciándole el cabello—. Solo le pedí que trajera un café… lo siento.
—No pasa nada —ella le sonrió con dulzura—. Aunque, pese a eso, no te detuviste.
—No había forma de que lo hiciera —la estrechó contra él, abrazándola por la cintura—. Lo que me haces sentir no es normal.
—¿Y qué