Al día siguiente.
Norman se sentía devastado.
La tristeza lo envolvía como una niebla densa, y Viena podía verlo claramente.
Su rostro estaba pálido, y sus ojos, normalmente llenos de vida, ahora reflejaban un vacío profundo y doloroso.
—Lo siento, Norman —dijo Viena, su voz suave y comprensiva—. Sé que esto duele.
Él la miró, tragando saliva con dificultad, sintiendo cómo la presión en su pecho aumentaba.
No podía llorar; las lágrimas se habían secado en su interior, dejando solo un rastro de d