—Son de mi madre —dijo Alicia, acariciando las rosas como si fueran un talismán contra el miedo—. Ella me adora.
Javier la observó en silencio.
Sus labios se curvaron en un gesto apenas perceptible, más parecido a una mueca que a una sonrisa.
Depositó al bebé en el cunero con un movimiento torpe, casi mecánico.
—Necesito aire. Te veré después.
Su voz sonó hueca, distante, como si estuviera muy lejos, aunque apenas estuviera a un par de pasos.
Alicia intentó detenerlo, estiró la mano, suplicando