Viena estaba en el suelo, su cuerpo estremecido por el dolor.
Cada golpe le arrancaba el aire de los pulmones, cada patada le desgarraba no solo la piel, sino también la dignidad.
Sentía el sabor metálico de la sangre en sus labios, y un zumbido en los oídos que la hacía sentir que el mundo se desmoronaba a su alrededor.
La bofetada final resonó como un trueno, y por un momento pensó que no podría levantarse nunca más.
Pero entonces, los gritos de alguien cercano rompieron la brutal paliza.
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