Adanna
La tensión entre nosotros podía cortarse y, al final, estaba tan pesada que mi respiración se volvió sonora, al igual que la de él. Los pechos de ambos subían y bajaban, y nuestras miradas libraban una guerra que ninguno estaba dispuesto a perder.
No me dejé intimidar por él ni por su efecto en mí. Le sostuve la mirada, firme, desafiante. No iba a dejar que me manipulara, que me tratara como si yo estuviera loca.
—Dime, Adanna, ¿tan poco valgo para ti? —me preguntó él, y su voz decayó.
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