Adanna
De repente hubo un silencio tenso.
Los soldados se quedaron atónitos, observando el desastre del lugar, mientras Isa me agarraba por el cuello. Le di un empujón que hizo que cayera sobre toda la sangre y los fluidos.
Entonces ella empezó a gritar.
—¡Qué asco!
Se levantó enseguida y se limpió las manos con la ropa, pero, al mirarse, formó una mueca de disgusto.
—¿Qué es todo esto? ¿Acaso vomitaste sangre? ¿Cómo es que estás de lo más normal? Nadie que haya vomitado tanta sangre puede esta