Adanna
La tensión era sofocante. El silencio, abrumador.
Se podían escuchar claramente las respiraciones agitadas, el silbido del viento nocturno y los ecos lejanos de las aves del bosque que llegaban hasta allí.
Entonces se oyó un crujido.
Al parecer, alguien movió el pie y todas las miradas se dirigieron hacia ese punto.
Iron sonrió con malicia, con la crueldad brillando en su mirada, y dio la orden:
—Ataquen. Las quiero muertas a las dos.
Al instante, el silencio fue violentado por los grito