Adanna
Estaba atónita.
Seguía allí parada, rígida, temblando, con la espada todavía en la mano, sucia con la sangre de Isa.
Mis mejillas se encon traban húmedas, los ojos me ardían y el corazón me latía muy fuerte. Tuve que entreabrir la boca para poder respirar.
La espada oscilaba entre mis manos mientras observaba el cuerpo frente a mí: su piel pálida, la sangre escurriéndose por su boca y las salpicaduras sobre todo su rostro a causa de la brutal muerte. Su ropa estaba desgarrada y teñid