André caminó lentamente hacia las caballerizas. Apenas cruzó el gran portón de madera, el relincho potente del caballo resonó dentro del establo.
Rocinante golpeó el suelo con una de sus patas delanteras, resopló con fuerza y luego sacudió la cabeza una y otra vez, visiblemente inquieto por la visita de su antiguo instructor.
André frunció el ceño.
—Tranquilo… tranquilo, muchacho…
Extendió la mano para acariciarle el cuello. Sin embargo, el animal retrocedió de inmediato. Las orejas perma