Emma retrocedió un paso. Con sumo cuidado volvió a cerrar la puerta sin hacer el menor ruido. No podía permitir que la descubrieran.
Se dio media vuelta con intención de marcharse, pero apenas había avanzado dos pasos cuando chocó de frente con Clara, que venía por el pasillo cargando un cubo con agua, un paño y el plumero con el que limpiaba diariamente la biblioteca.
—¡Ay!
El cubo se inclinó y el mango del plumero cayó estrepitosamente sobre el piso de mármol.
El golpe resonó por todo el