Anastasia se recostó en la cama y cerró los ojos.
De pronto escuchó unos pasos acercándose a la habitación.
Una sonrisa luminosa comenzó a dibujarse en su rostro.
Por un momento pensó que debía tratarse de Sebastián. Tal vez había cambiado de opinión y había decidido quedarse con ella aquella noche.
El corazón le dio un vuelco cuando la puerta se abrió. Pero la ilusión apenas duró un segundo cuando vio que se trataba de la sirvienta.
—Permiso, señorita. —dijo Emma—. Vine para saber qué