Al ver que Sebastián no estaba, que se había ido, Anastasia encaró a su madre.
—¿Para qué quieres que vaya al comedor? —cuestionó con dureza—. ¿No te bastó con humillarme frente a tus invitados?
—No exageres. —dijo con una sonrisa en los labios—. Yo solo me preocupo por ti.
—Vaya manera de preocuparte, mamá.
Anastasia soltó una risa amarga.
—Por supuesto que sí me preocupo aunque pienses lo contrario. Te imaginas que te enfermes de diabetes y tengan que amputarte una pierna. Eso sería ter