Eliana apenas podía contener su asombro. A medida que se adentraban más en el valle, el reino de las hadas se desplegaba como un tapiz viviente, tejido con hilos de luz y naturaleza. Cada rincón parecía respirar, como si la tierra, el aire y el agua estuvieran despiertos y conscientes de su presencia.
El suelo no era piedra ni tierra común, sino un mosaico de raíces y flores que se entrelazaban para formar senderos. Al caminar, las plantas se apartaban suavemente bajo sus pasos, y luego volvían